Publicado en el Diario de Sevilla en fecha 20 de febrero de 2012
Rafael Rueda Torres tiene 35 años y reside en casa de sus padres en Pino Montano. Entre sus títulos formativos, destacan el de Auxiliar de Enfermería, técnico superior en Dietética y Nutrición, magisterio en Educación Física y más de 700 horas en cursos de Psicología y Pedagogía. Ha trabajado "de todo", menos en lo que se ha formado. Nunca ha tenido un contrato laboral de más de un año de duración y parece haber batido todos los récords: "En un mes llegué a tener tres contratos diferentes en una misma empresa". Ya lleva tres años parado, por lo que no cobra ningún tipo de prestación social. Una situación que le ha llevado a renunciar, ante y sobre todo, "a salir de copas con los amigos, a comprar ropa o a hacer alguna escapada". Lo que más le pesa: "El no poder independizarme"; el único capricho que se permite: "Estoy apuntado a clases de salsa, son 30 euros al mes, pero me ayuda a desconectar, porque psicológicamente esta situación me afecta bastante".
Pedir ropa usada para vestir a los
hijos, compartir oficinas y renunciar a ser madre, entre las opciones para
sobrevivir a la crisis.
Más de cinco millones de personas
en la cuerda floja. Una cuerda que se tensa a final de mes, cuando el bolsillo
se queda a cero. Muchos son los que con la crisis se han convertido en
auténticos expertos del renunciar a placeres que antes disfrutaban con total
naturalidad. Gana con diferencia el adiós al cine, las vacaciones o el ir de
compras. En empate técnico la capacidad de ahorrar con la de supervivencia.
Bajo la carpa del Inem, el perfil del desempleado es tan diferente como duro. A poco, dice María José García (43 años), ha tenido que renunciar con la crisis porque nunca tuvo grandes privilegios, pero la realidad es que su historia es una muestra de la vida de muchos españoles en la actualidad. Tras 14 años como empleada en una empresa de ayuda a domicilio, esta madre de tres hijos (de 16, 8 y 3 años) se quedó en el paro. Su marido, Eugenio, vigilante de unos bloques, ya lleva más de tres años sin trabajar. En breve empezará a cobrar la prestación por desempleo, 307 euros, "y estamos pagando por nuestro piso en San Jerónimo 200 euros de hipoteca". Algo de ingresos obtiene de la limpieza semanal de tres casas. "Si llegáramos a 600 euros al mes haría malabarismos". Y sin llegar a ellos, los hace: "Nunca hemos ido de vacaciones, pero ya hace dos años que no pisamos la playa ni un solo día; algunos amigos me dan la ropa que ya no les sirve y puedo ir vistiendo a mis hijos; en Reyes, sólo hubo un regalito para cada uno y, en cuanto a la compra, me recorro todo lo que me tenga que recorrer por ahorrarme tres céntimos en un yogur". Aspira a lo máximo para sus hijos y les anima a estudiar ante todo. ¿Y si le tocara la lotería?: "Abriría una cartilla en el banco para mis niños, y me iría de vacaciones por primera vez".
A lo primero que tuvo que renunciar Zubaydat cuando llegó a España de su Rusia natal hace 12 años fue a su profesión, la danza. "Aquí no me convalidan mi título, con el que me gustaría dar clases de ballet, y tuve que buscarme la vida". Trabajó en la recogida de la fresa, del ajo, en la vendimia e incluso, durante un año y medio, Cruz Roja le ofreció alojamiento y comida. Finalmente, llegó a Sevilla y aquí encontró el empleo en el sector de la hostelería: "Trabajé dos años y medio en un hotel y siete en otro". Y es que cualidades y formación no le faltan a esta joven que conoce tres idiomas (inglés, ruso y español, además del propio del Cáucaso), pero que se encuentra en situación de desempleo desde el mes de abril. La estabilidad la encontró gracias a su tarjeta de residencia y a su pareja, Francisco José. "Él sí trabaja, pero es mileurista. Vivimos en una VPO en Pino Montano y pagamos unos 300 euros al mes. Yo tenía un sueldo alto, pero ahora hay que ajustarse el cinturón. Ya no salimos tanto de tapas, por ejemplo". Como otras tantas mujeres de hoy, la maternidad también se le plantea como recorte: "Como está la situación actual, eso se me hace complicado. Hay que pensarse las cosas mucho y yo lo hago".
Tras siete años independizado, Jaime García García se vio obligado a regresar al hogar paterno el pasado verano, en la Puerta Carmona. Es víctima de la crisis, y de uno de los sectores a los que de forma más tajante ha afectado, la arquitectura. "En 2009 prescindieron de mis servicios en un estudio y monté uno con mis compañeros especializado en la reforma y rehabilitación del patrimonio natural e histórico. Nos presentamos a concursos pero nada nos garantiza, aunque los ganemos, que lo cobraremos o que la obra se llevará a cabo después". Jaime tiene 35 años, habla francés y "algo de inglés". En la actualidad, ha apostado, como tantos otros, por la formación y estudia en la CEA un curso de Diseño Industrial. "Al no tener trabajo, te sientes menos competitivo porque no estás adquiriendo experiencia. Es la espada de Damocles que pesa sobre los jóvenes". Entre sus gastos, se halla el pago del autónomo, unos 300 euros al mes, y el de la oficina donde tiene el estudio, "unos 150 euros. Antes estaba ocupada por nosotros, ahora nos hemos visto en la obligación de compartirla con otra empresa". Para ahorrar -"aunque dependo en todo de mis padres", dice- ha reducido sus excursiones al campo y aficiones como la compra de cómics o artículos de música. "Toco la guitarra y siempre me compraba material para el equipo de música; ahora, siempre voy al día".
Bajo la carpa del Inem, el perfil del desempleado es tan diferente como duro. A poco, dice María José García (43 años), ha tenido que renunciar con la crisis porque nunca tuvo grandes privilegios, pero la realidad es que su historia es una muestra de la vida de muchos españoles en la actualidad. Tras 14 años como empleada en una empresa de ayuda a domicilio, esta madre de tres hijos (de 16, 8 y 3 años) se quedó en el paro. Su marido, Eugenio, vigilante de unos bloques, ya lleva más de tres años sin trabajar. En breve empezará a cobrar la prestación por desempleo, 307 euros, "y estamos pagando por nuestro piso en San Jerónimo 200 euros de hipoteca". Algo de ingresos obtiene de la limpieza semanal de tres casas. "Si llegáramos a 600 euros al mes haría malabarismos". Y sin llegar a ellos, los hace: "Nunca hemos ido de vacaciones, pero ya hace dos años que no pisamos la playa ni un solo día; algunos amigos me dan la ropa que ya no les sirve y puedo ir vistiendo a mis hijos; en Reyes, sólo hubo un regalito para cada uno y, en cuanto a la compra, me recorro todo lo que me tenga que recorrer por ahorrarme tres céntimos en un yogur". Aspira a lo máximo para sus hijos y les anima a estudiar ante todo. ¿Y si le tocara la lotería?: "Abriría una cartilla en el banco para mis niños, y me iría de vacaciones por primera vez".
A lo primero que tuvo que renunciar Zubaydat cuando llegó a España de su Rusia natal hace 12 años fue a su profesión, la danza. "Aquí no me convalidan mi título, con el que me gustaría dar clases de ballet, y tuve que buscarme la vida". Trabajó en la recogida de la fresa, del ajo, en la vendimia e incluso, durante un año y medio, Cruz Roja le ofreció alojamiento y comida. Finalmente, llegó a Sevilla y aquí encontró el empleo en el sector de la hostelería: "Trabajé dos años y medio en un hotel y siete en otro". Y es que cualidades y formación no le faltan a esta joven que conoce tres idiomas (inglés, ruso y español, además del propio del Cáucaso), pero que se encuentra en situación de desempleo desde el mes de abril. La estabilidad la encontró gracias a su tarjeta de residencia y a su pareja, Francisco José. "Él sí trabaja, pero es mileurista. Vivimos en una VPO en Pino Montano y pagamos unos 300 euros al mes. Yo tenía un sueldo alto, pero ahora hay que ajustarse el cinturón. Ya no salimos tanto de tapas, por ejemplo". Como otras tantas mujeres de hoy, la maternidad también se le plantea como recorte: "Como está la situación actual, eso se me hace complicado. Hay que pensarse las cosas mucho y yo lo hago".
Tras siete años independizado, Jaime García García se vio obligado a regresar al hogar paterno el pasado verano, en la Puerta Carmona. Es víctima de la crisis, y de uno de los sectores a los que de forma más tajante ha afectado, la arquitectura. "En 2009 prescindieron de mis servicios en un estudio y monté uno con mis compañeros especializado en la reforma y rehabilitación del patrimonio natural e histórico. Nos presentamos a concursos pero nada nos garantiza, aunque los ganemos, que lo cobraremos o que la obra se llevará a cabo después". Jaime tiene 35 años, habla francés y "algo de inglés". En la actualidad, ha apostado, como tantos otros, por la formación y estudia en la CEA un curso de Diseño Industrial. "Al no tener trabajo, te sientes menos competitivo porque no estás adquiriendo experiencia. Es la espada de Damocles que pesa sobre los jóvenes". Entre sus gastos, se halla el pago del autónomo, unos 300 euros al mes, y el de la oficina donde tiene el estudio, "unos 150 euros. Antes estaba ocupada por nosotros, ahora nos hemos visto en la obligación de compartirla con otra empresa". Para ahorrar -"aunque dependo en todo de mis padres", dice- ha reducido sus excursiones al campo y aficiones como la compra de cómics o artículos de música. "Toco la guitarra y siempre me compraba material para el equipo de música; ahora, siempre voy al día".
Rafael Rueda Torres tiene 35 años y reside en casa de sus padres en Pino Montano. Entre sus títulos formativos, destacan el de Auxiliar de Enfermería, técnico superior en Dietética y Nutrición, magisterio en Educación Física y más de 700 horas en cursos de Psicología y Pedagogía. Ha trabajado "de todo", menos en lo que se ha formado. Nunca ha tenido un contrato laboral de más de un año de duración y parece haber batido todos los récords: "En un mes llegué a tener tres contratos diferentes en una misma empresa". Ya lleva tres años parado, por lo que no cobra ningún tipo de prestación social. Una situación que le ha llevado a renunciar, ante y sobre todo, "a salir de copas con los amigos, a comprar ropa o a hacer alguna escapada". Lo que más le pesa: "El no poder independizarme"; el único capricho que se permite: "Estoy apuntado a clases de salsa, son 30 euros al mes, pero me ayuda a desconectar, porque psicológicamente esta situación me afecta bastante".
